CARTA DE FRANCO A LOS ESPAÑOLES
Españoles todos: Hace casi 40 años, al llegar para mí la
hora de rendir cuentas ante el Altísimo, me despedí de
vosotros como un padre lo haría de sus hijos en el momento
supremo de esa partida inevitable. Con la sinceridad que
impone la perspectiva de ese viaje sin retorno, quise
expresaros entonces algunas cosas que un hombre de bien no
podía dejar de mencionar en ese instante definitivo: mi
amor por España y mi fe en su destino.
Yo sólo fuí un servidor de España y en el altar sagrado de
la Patria entregué hasta el último aliento de mi vida. No
quise más honor que el servirla ni más recompensa que el
verla levantada de la ruina y la discordia en que la
sumieron sus enemigos. Rendí mi vida al Altísimo con el
sentimiento de haber vivido como católico y español, con el
norte siempre puesto en el bien de España y la prosperidad
de los españoles.
Dejé el mundo sin remordimientos y con la conciencia de
haber obrado bien. La España que la Divina Providencia puso
en mis manos en el año 1939, después de las iniquidades y
las violencias que desataron sobre ella los que soñaron
derribar su gloria y mancharla eternamente con la ignominia
de su traición, no era en el momento de mi humana despedida
de este mundo, más que un lejano recuerdo, desdibujado por
las nieblas del tiempo y relegado por las urgencias de los
nuevos afanes de un país que había, tras décadas de
sacrificos y esfuerzos, recuperado su lugar en el concierto
de las naciones de la tierra, con la cabeza alta y las
manos limpias.
Los años de paz de mi gobierno, en un mundo desgarrado por
innumerables guerras, no fueron un fórmula falsa de una
propaganda de régimen, sino una verdad que trajo en su
fértil surco el progreso y el orden que España necesitaba y
merecía después de las miserías y los dolores de una
confrontación fraticida que nos puso al borde de la
esclavitud y la tiranía de las que otros pueblos europeos
no pudieron librarse y que aún soportaban en el momento de
mi partida (y lo harían todavía durante unos años más antes
de sacudirse la opresión que las ahogaba).
Una vez derrotado el enemigo interior que quiso un día
uncir nuestra insigne nación al yugo de espurios designios
antinacionales, me dediqué a levantar a España de su
postración y construir sobre la ruinas de una tierra
arrasada por la guerra civil el edificio de la nueva
España, redimida de los odios y las vindictas del pasado.
Más que un soldado victorioso, quise ser un obrero de la
paz, antes un restaurador civil que un conquistador.
Paz, orden y progreso, esos fueron los objetivos cardinales
que me fijé y la Historia no podrá desmentir los logros que
obtuve en esa misión impuesta. Ningún estadista puede ser
tachado de fracasado si deja su país en mejor estado que
aquél en que se encontraba cuando tomó las riendas que el
destino puso en sus manos.
A mi muerte, España había recuperado el lugar que le
correspondía a la jerarquía de su trayectoria nacional y
estaba encaminada por la buena senda. Me fui con la
convicción de que “todo quedaba atado y bien atado”,
dejando como legado una España en pie y añadiendo unos
consejos postreros para que la obra cumplida no fuera
puesta otra vez en peligro por los enemigos de España y la
civilización cristiana, siempre al acecho.
Habiendo sido la defensa de los supremos intereses de la
patria y el pueblo español y la salvaguarda de la unión
indivisible de las tierras de España la misión de mi vida,
era obligado que también a estas primordiales cuestiones se
refirieran mis últimas palabras, al pediros que, aparcando
intereses personales, no cejáraís en la defensa de los
primordiales objetivos que todo español cabal ha de hacer
suyos: fortalecer la unidad de España y alcanzar la
justicia social y la cultura para todos lo hombres de
España.
Hoy desde mi descanso eterno, alejado ya de las cosas
humanas, y en la paz celestial que es el premio que Dios
nuestro Señor me ha otorgado en recompensa a mi entrega a
la obra de sanar España de sus viejas heridas y levantar la
cruz de la fe frente a los negadores de Cristo, no puedo
sin embargo quedar indiferente al destino de España y la
suerte de los españoles.
Con dolor creciente veo que la antiEspaña que una vez
pusimos de rodillas en la gloriosa jornada de nuestra
Cruzada Nacional vuelve a levantar cabeza y persigue con
nuevos brios la tarea de destruir España y enfrentar a los
españoles. En realidad, hace ya tiempo que esta deriva
destructiva viene ocupando mis pensamientos, aumentando mi
inquietud y turbando mi reposo.
Existia en el tiempo de mi vida terrenal un problema
espiritual en el mundo de la más extraordinaria
transcendencia, constituido por el ambiente revolucionario
de las masas alejadas de la creencia en Dios y obnubiladas
por quimeras antinaturales que la razón condena. La lucha
que llevamos a cabo una vez contra esas fuerzas
destructivas fue un fenómeno pasajero, mientras que el
espíritu revolucionario de las masas alimentado por teorías
tan falsas como dañinas constituye el problema fundamental
de la época presente, de una hondura y de una permanencia
muchísimo mayor que la de cualquier conflicto bélico.
Los españoles, pueblo tan noble y valeroso como díscolo e
irreflexivo, siempre presto a entregarse a químeras y
fantasías por poco que estas revistan el adecuado ropaje de
una mendaz promesa y se exprese con la seductora retórica
de todo lo falso, necesita de dirigentes incorruptibles y
clarividentes para evitar el camino que lo aleja de manera
contínua, con frenazos y retrocesos, a través de los
siglos, del destino que la Historia señaló para él desde
los albores de nuestra raza inmortal. De la mano de la
antipatria y con el único norte de sus intereses bastardos,
España vuelve a alejarse del puesto que le corresponde
conforme a su Historia y que ocupó en épocas
pretéritas.
Huérfano de un ideal superior que conduzca sus pasos,
carente de un guía inspirado y patriótico y asediado por el
rencor invencible y el odio nunca satisfecho de los
enemigos de España, el pueblo español vuelve a caer en el
desorden y la discordia, presa de la demagogia y los
manejos disolventes de los peores elementos resurgidos de
las profundidades más tenebrosas de nuestro pasado, con la
anarquía como único horizonte posible y la desunión como
meta proclamada.
Al pasar revista a los logros que conseguimos para España y
los españoles durante los años de mi gobierno, no podemos
por menos que reconocer con dolor y consternación como han
sido en gran parte malogrados y echados a perder. Ante
nuestra mirada se expone el resultado de décadas de malos
gobiernos y prolongados errores que han llevado a España a
las puertas de la ruina y a su actual insignificancia ante
las naciones del mundo.
En lo fundamental, tanto como en lo accesorio, mis
sucesores no han sabido mejorar la herencia recibida con su
pobre desempeño, por el contrario la han dilapidado con un
entusiasmo que nunca tuvieron a la hora de trabajar por el
engrandecimiento de España y el bienestar de su pueblo.
Cayendo de nuevo en politiquerías mezquinas y revanchismos
tardíos, los nuevos dirigentes, alejados de los caminos de
la Fe y la Patria, se han dedicado a derribar con ahínco
cuanto han tocado con la soberbia de sus almas pequeñas y
la maldad de sus mentes corrompidas. En el mejor de los
casos han gobernado pensando en la semana siguiente y el
peor soñando con restaurar los oscuros días del ayer.
Dando la espalda a los principios tradicionales y
patrióticos que son el nervio de nuestra historia, las
masas españolas se han rendido a los fáciles halagos del
extremismo izquierdista por un lado y por los relucientes
espejismos del capitalismo ultraliberal por el otro, y
sobre esa doble impostura ha renacido la España vieja y
maleada que una vez desterramos.
Parece que España hubiera agotado sus reservas espirituales
y materiales al entregar el mando de la nación a los
incapaces y los traidores que la han dirigido hacia donde
se encuentra en este momento.
Nunca creímos nosotros en el régimen democrático liberal
que acarreó a España tantos daños en el pasado y ha
reeditado después de mi desaparición tantos otros.
Desoyendo la autorizada voz de la experiencia, los
españoles se han dejado una vez más seducir por químeras
impropias al buen gobierno y rendirse ante sistemas
incompatibles con el honor de nuestro nombre y de la
dignidad de nuestra historia.
Nunca antes de mi gobierno, y tampoco después (ahora lo
vemos), España consiguió alcanzar tantos logros en todos
los ámbitos de la vida nacional, ni vivir una era de paz,
orden y progreso de tal magnitud. La obra calumniosa de
nuestros enemigos ha consistido, desde el mismo momento de
su anticipada derrota un glorioso 18 de julio (antes de la
victoria formal el 1 de abril de 1939), en socavar los
cimientos del edificio levantado con su incansable labor
subversiva y mentirosa.
Sin embargo, el edificio construido un día no puede
borrarse de la memoria de los hombres si esa construcción
fue grande y buena, y aun tirada a tierra, puede
reconocerse aunque sea a través del expresivo testimonio de
sus muros caidos al suelo.
Las creaciones sociales del régimen fueron muchas:
- Creación del “Auxilio Social” que llenó España de
Comedores gratuitos para los más necesitados.
- Creación de la Seguridad Social Universal.
- Creación de la Pensión por Jubilación, y también la de
Viudedad
- Establecimiento de la edad obligatoria de
Jubilación.
- Creación de Escuelas Públicas y Gratuitas, para la
enseñanza obligatoria, con el fin de erradicar el
analfabetismo.
- Fomento y creación de Universidades para enseñanza
superior.
- Creación de Escuelas de Formación Profesional.
- Establecimiento de una edad mínima, para el comienzo de
la vida laboral.
- Establecimiento del Sueldo Mínimo Interprofesional.
- Establecimiento de fecha tope para el Contrato de
Pruebas.
- Garantía de compensación económica para casos de despido
improcedente.
- Creación del Estatuto de los Trabajadores que
garantizaban a estos, lo ya mencionado y mucho más.
- Creación de cientos de miles de Viviendas Sociales para
las clases más desprotegidas y eliminación del
chabolismo.
- Creación de una clase media sólida que evitó la
inestabilidad política de los siglos anteriores. Después de
la catastrófica gestión de los sucesivos ejecutivos
socialistas y liberales no queda gran cosa de ello.
- Un aparato industrial estratégico, que poco a poco los
gobiernos diversos han ido dejando en manos
extranjeras.
- Creación de una nueva industria de servicios muy
lucrativa, inicialmente de transición mientras se
posibilitaba el desarrollo tecnológico y la entrada de
capitales y divisas: el turismo. A casi 4 décadas años de
mi desaparición, España no ha superado esa etapa.
- Un desarrollo tecnológico de primer nivel para los
parámetros de esa época. Hoy en España la investigación
apenas existe y en esta materia somos totalmente
dependientes del exterior.
- Un sistema educativo que sacó a España de la lista de
países con mayores tasas de analfabetismo. Hoy los jóvenes
españoles apenas saben interpretar un texto y la educación
ha retrocedido a niveles casi africanos.
- Una legislación laboral que protegía a la misma clase
media de los desmanes de los políticos y del
neoliberalismo. Desde la instauración de la democracia esta
legislación no ha hecho más que retroceder.
Creé un gobierno de licenciados, catedráticos e ingenieros
que decidían lo mejor para el país: Solís Ruiz (con 3
carreras), Navarro Rubio (Catedrático de Derecho
Administrativo), Lopez Rodó (Licenciado en Economía,
Derecho y Comercio), etc. Hemos visto en los tiempos
recientes cómo individuos sin formación alguna, ni
capacidad demostrable o siquiera historial laboral ocupaban
los más altos cargos del país.
Mi gobierno sacó a España del subdesarrollo y de una
situación en muchos casos casi tercermundista .Hoy el
Tercer Mundo ya está instalado en nuestro país, con su
cortejo inacabable de lacras de todo tipo.
Todo eso lo logré a pesar de ser España un país devastado,
sin recursos y sin las reservas económicas del banco de
España que se llevaron los republicanos a Rusia.
Todo ello sin apenas cobrar impuestos. No existía el
impuesto sobre la Renta ni el IVA, y sin embargo el Estado
disponía de más presupuesto que ahora.
Se crearon medidas de protección a los obreros, la
Seguridad Social, el sistema de salud nacional (INSALUD),
etc. Hoy la Sanidad Pública está en práctica bancarrota,
debido al derroche de décadas de mala administración.
No existía una delincuencia que supusiera una calamidad
social ni pusiera en peligro el orden público. No había
mafias y el crimen organizado los españoles lo veían en las
pantallas de cine. Hoy el crimen organizado constituye un
fenómeno de tal envergadura que pone en peligro la
seguridad no ya de los simples ciudadanos sino la del
Estado mismo. La criminalidad común en España es ya una de
las mayores del mundo occidental.
En la España franquista nunca se toleró la implantación de
costumbres bárbaras que humillan la conciencia humana. Hoy
cosas tan peregrinas como las mutilaciones sexuales o
crimenes de honor son realidades cotidianas que abochornan
el sagrado suelo de esta vieja nación cristiana.
Las lacras como los abusos de menores, la pedofilia, el
terrorismo, no eran fenómenos masivos. Durante mi régimen
la organización terrorista ETA mató a un total de 48
personas. En lo que lleva España de democracia la cifra de
víctimas del terrorismo se aproxima a unos 2000.
Antiguamente cada muerto era un duro golpe para España,
ahora los españoles están acostumbrando a vivir entre
delincuentes, mafiosos y terroristas. La muerte campa a sus
anchas y nadie que no se vea afectado directamente se
siente concernido.
La gente podía darse al masculino hábito del tabaco si ser
perseguidos como delincuentes ni mal mirados. Hoy son las
drogas de todo tipo las que envenenan a la juventud
española hasta dejarla postrada en el estado de impotencia
actual.
Teníamos una ley contra vagos y maleantes. Ahora es la ley
que da derechos a los vagos y maleantes y los mantiene en
cárceles de lujos (con ordenador, TV, gimnasio, comida
halal para los musulmanes, etc.). Los delincuentes se
detenían y eran juzgados eficazmente. Ahora cobran el
subsidio de paro al salir de la cárcel para que no pasen
necesidades antes de su siguiente ingreso en prisión.
Aguantamos muchas críticas por la emigración española a
Europa en los años 60 y 70. Mi gobierno se impuso como
inexcusable deber el conseguir las mejores condiciones para
aquella dolorosa expatriación que muchos beneficios trajo a
España por el trabajo provechoso de tantos compatriotas en
tierras extranjeras. Nuestros emigrantes fueron los mejores
embajadores del noble y esforzado carácter español, que
contribuyó de manera significativa al desarrollo y la
prosperidad de los países anfitriones. A los españoles, las
autoridades de los países de destino les obligaban a llevar
la cartilla de sanidad, un certificado de antecedentes
penales en blanco y un contrato de trabajo ya hecho en
nuestro país. Ahora la inmigración llega a España en
tropel, sin control, y se dedica en gran medida a
delinquir, a parasitar y a hacer la vida difícil a los
españoles.
Podría seguir con la enumeración de los logros que
alcanzamos y la lista de los fracasos de los herederos de
mi gestión. Pero no es necesario. Pero no puedo menos que
recordaros como en casi 4 décadas de gobierno, nunca el
rencor ni el deseo de venganza ocupó siquiera un instante
de mi pensamiento y mi actuar. Traté por todos los medios
de curar las heridas profundas de la contienda fraticida y
unir a todos los españoles de bien sin distinción en la
reconciliación y la esperanza, de modo que nadie hubiera
nunca de sufrir el estigma de culpas que nadie ha de
heredar de sus padres. Durante 40 años y aun después,
gracias a la sabia labor de mi gobierno, los españoles no
tuvieron que reconocerse entre ellos como los descendientes
de uno u otro bando. Hemos visto en los años recientes cómo
los odiadores de España han intentado, de manera criminal y
sectaria, abrir las antiguas heridas ya cerradas y
alimentar nuevas discordias, desenterrando antiguos muertos
y cavando nuevas trincheras para poner frente a frente, una
vez más, a los españoles.
Os prometí un día que a mi muerte os devolvería una España
nueva, resurgida de sus cenizas y en la que todos
pudiésemos vivir con dignidad y justicia. Morí con la
certeza de haber cumplido con aquella promesa y las obras
que dejé a mis espaldas testimonian de cuanta verdad es
aquella de que mi gobierno fue mucho más social y
progresista que el régimen de pobreza moral, deterioro
material y retroceso social, que actualmente usurpa el
poder y le roba a los españoles el destino que corresponde
a su valía y sus méritos reales.
A través de esta breve exposición de algunos de los muchos
logros de mi régimen, su comparación con lo que ha surgido
después no deja lugar a dudas acerca de la superioridad de
nuestra acción de gobierno ante la degradación casí
universal de todo cuanto conseguimos un día.
Pensé que mi muerte no supondría la pérdida de todo lo que
habíamos conseguido juntos. Pero eso no ha sido así. Los
gobiernos de la democracia sólo han permitido acabar con
aquella paz y prosperidad tan arduamente edificada y han
dejado que el desgobierno, la ineptitud, la delincuencia,
la inmigración masiva, la corrupción, se enseñoreen del
país y se extiendan como una plaga.
Quiero creer, sin embargo, que estos difíciles momentos
serán sólo un triste y doloroso intermedio ante de retornar
a la senda de la grandeza y la justicia, el preludio de un
nuevo renacer para España, pues no nos es dado a los que
ponemos toda nuestra confianza en el Altísimo desesperar de
esta nación llena de gloria, pero caída en la mediocridad y
la decadencia por haberse apartado de los caminos de la Fe
y la Patria, entregando el tesoro de las riquezas morales y
espirituales españolas a ineptos y conspiradores guiados
por bajos sentimientos y oscuros designios.
Mis últimas palabras será para pediros que depongaís toda
actitud de resignación y renuncia, que no os entregéis al
desánimo ni al derrotismo. Fuerzas ocultas aun sin todavía
anidan en el corazón de los españoles decentes, energías
durmientes que sólo esperan el día para salir al sol de un
nuevo amanecer. Sois sin duda los más, a pesar de los
esfuerzos de los que trabajan para envileceros y sumiros en
la desperanza y en la noche de la esclavitud de un mundo
sin Dios.
Quisimos una España fraternal, una España laboriosa y
trabajadora. Una España sin cadenas, una nación sin
marxismo ni comunismo destructores. Una España sin bandos
políticos en constante guerra, sin preponderancias
parlamentarias ni asambleas irresponsables. Quisimos una
España grande, fuerte y unida, con autoridad, con dirección
y con orden. Debeís quererlo ahora vosotros también, será
el primer paso a dar si no queréis eternizaros en la
derrotay en la inferioridad.
Trabajad con honradez y tesón, alejados de todo egoismo
sectario e intrigas estériles para hacer un país próspero y
devolver a España su lugar en el mundo. Bajo el mando que
la Divina Providencia puso en mis manos un día, fuimos
grandes y fuertes, confiados en la justicia de nuestra
causa y entregados a la tarea inexcusable de la
recuparación nacional, fuente de tantos desvelos en la
adversidad como de alegrías en la victoria. La Patria
brilló entonces con un fulgor que le había sido negado
durante mucho tiempo. Lo que fue un día posible por el
sacrificio de tantos españoles en el frente de batalla como
en el frente del trabajo, unas nuevas generaciones están
llamadas a reeditarlo, repitiendo aquellas hazañas y
reconquistando lo pérdido. A esta llamada que surge desde
las entrañas de la Patria, los españoles de bien dirán
“¡Presentes!”
¡Españoles! En vuestra manos está el salir de la mala senda
de la desunión y la confrontación entre compatriotas. Os
pido una vez más que os unaís a mí como en tantas ocasiones
anteriores para gritar juntos nuestro amor a España.
¡Viva España! ¡Arriba España!