En marzo de 1974, un hombre salió de la selva de una isla filipina vestido todavía con un uniforme del Ejército imperial japonés. Conservaba su fusil, munición y espada. La Segunda Guerra Mundial había terminado casi 29 años antes.
Su nombre era Hiroo Onoda.
En 1944, el joven oficial de inteligencia fue destinado a Lubang, una pequeña isla de Filipinas, con órdenes de organizar resistencia guerrillera contra la previsible invasión estadounidense. Una de las instrucciones que recibió fue clara: no debía rendirse ni quitarse la vida y tenía que continuar combatiendo hasta recibir nuevas órdenes.
En 1945 las fuerzas aliadas ocuparon la isla.
Japón se rindió en agosto.
Pero Onoda y tres compañeros se internaron en la selva.
Los aliados lanzaron octavillas anunciando el final de la guerra. Los soldados pensaron que eran propaganda destinada a obligarlos a salir. Más tarde aparecieron periódicos, cartas de familiares e incluso equipos de búsqueda japoneses.
Nada consiguió convencer a Onoda.
Uno de sus compañeros se rindió en 1950. Otros dos murieron durante enfrentamientos en las décadas siguientes. Onoda continuó solo desde 1972.
La historia, sin embargo, no tiene nada de aventura inocente. Durante aquellos años Onoda y sus compañeros realizaron robos, quemaron cosechas y mantuvieron enfrentamientos con habitantes y fuerzas de seguridad filipinas. Murieron personas. Para muchos habitantes de Lubang, aquellos soldados no eran héroes románticos ocultos en la selva, sino una amenaza real que se prolongaba décadas después de la ocupación japonesa.
En 1974, el joven aventurero japonés Norio Suzuki viajó a Lubang decidido a encontrarlo.
Lo consiguió.
Suzuki explicó que la guerra había terminado, pero Onoda respondió que no podía abandonar su misión sin recibir órdenes directas de un superior.
Japón localizó entonces a su antiguo comandante, Yoshimi Taniguchi, que llevaba años viviendo como civil.
Taniguchi viajó a Filipinas.
El 9 de marzo se encontró con Onoda y al día siguiente le comunicó formalmente que su misión había terminado y que quedaba relevado de sus obligaciones militares.
Onoda obedeció.
Entregó su espada, su fusil y el resto de su equipo. El presidente filipino Ferdinand Marcos terminó concediéndole un indulto teniendo en cuenta las circunstancias extraordinarias de su caso.
Regresó a Japón y encontró un país irreconocible: ciudades modernas, trenes de alta velocidad, televisión, prosperidad económica y una sociedad que había dejado muy atrás el mundo imperial por el que él creía estar luchando.
Hiroo Onoda no pasó 29 años sin saber absolutamente nada del mundo exterior. Recibió numerosas pruebas de que la guerra había acabado y decidió no creerlas porque contradecían sus órdenes. Solo cuando su antiguo comandante atravesó medio mundo para decírselo personalmente aceptó que 1945 había terminado.
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