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El cine de Hollywood nos ha acostumbrado a contemplar al legionario romano como una figura de mármol y bronce, un autómata perfecto que avanza bajo un sol de justicia entre formaciones impecables de escudos rectangulares. La realidad que revelan los yacimientos arqueológicos, los papiros de los fuertes fronterizos y las cartas recuperadas en los rincones más húmedos del imperio resulta, sin embargo, mucho más terrenal. Lejos de la épica cinematográfica, la existencia cotidiana de un soldado de Roma se parecía notablemente a la de cualquier profesional moderno en zona de operaciones: largas horas de obras públicas, ampollas en los pies, discusiones por la ración de vino agrio y una pesada carga sobre los hombros que medía literalmente cada palmo de su supervivencia.

El comienzo como reclutas
Para calzarse las caligae reglamentarias y firmar el contrato de alistamiento, un ciudadano debía superar un filtro físico riguroso, aunque el verdadero bautismo de fuego comenzaba el primer día en el campamento de instrucción. Los reclutas pasaban meses enteros marchando a paso ligero...

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