El 7 de octubre de 1571, la victoria de la Liga Santa en Lepanto quebró el mito de la invencibilidad otomana y consagró a don Juan de Austria como una de las grandes figuras militares de su tiempo
Era la mañana del 7 de octubre de 1571, apenas se veía el mar y frente a las costas griegas centenares de galeras ocupaban el horizonte. Mástiles, velas, estandartes, remos. Miles de hombres apiñados sobre cubiertas de madera aguardaban una batalla de la que muchos no regresarían.
Delante tenían una de las fuerzas militares más temidas de su tiempo: la armada del Imperio otomano. Cuando comenzó el combate, el Mediterráneo desapareció bajo el humo.
Las galeazas cristianas abrieron fuego mientras las galeras avanzaban impulsadas por centenares de remeros; los cañones disparaban prácticamente a quemarropa. Después llegaron los arcabuces y, finalmente, aquello dejó de parecer una batalla naval.
Las proas chocaban, los garfios atrapaban las embarcaciones enemigas y los soldados saltaban de una cubierta a otra para luchar con espadas, picas y arcabuces sobre barcos convertidos en pequeños campos de batalla flotantes.
En el centro de aquella carnicería navegaba una galera imposible de confundir: La Real, capitana de la flota cristiana. Construida en las Atarazanas de Barcelona, pintada y ornamentada en rojo y oro, llevaba a bordo alrededor de 550 hombres. Allí estaba también el comandante supremo de la expedición. Se llamaba don Juan de Austria y tenía apenas veinticuatro años. Frente a él se encontraba La Sultana, la galera de Alí Pachá, comandante de la flota otomana.
Las dos naves terminaron embistiéndose y quedaron trabadas. A partir de ese momento la batalla por el centro se convirtió en una lucha feroz por conquistar las cubiertas enemigas. Los soldados cristianos atacaron una vez, pero fueron rechazados.
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