Aprender verdadera igualdad

Cuando hay alguna oportunidad de hablar de los años de servicio, siempre me preguntan en qué me fueron de utilidad.   Soy de los que piensan que un día en que no se aprende nada, es un día perdido.  Hay colegas que hablan de esa época como una obligación que tuvieron que "soportar" y que pasaron escaqueándose de todo y tratando de hacer lo menos posible hasta que se licenciaran. Para mi fueron unos idiotas que dejaron perderse dos años de sus vidas sin sacarles ningún beneficio.  Hasta si lo encarcelan a uno puede ponerse a aprender un idioma, pero pasar sin hacer nada es realmente de "perdedores" que son luego los fracasados resentidos contra los que tienen algo de éxito en la vida.

Aprendí a leer a los 3 años, a los 15 había terminado el bachilerato (incluyendo reválidas a las que me presentaba en Septiembre) y a los 21 había terminado la universidad como el segundo estudiante más joven en la historia de la Universidad Pontificia de Comillas. Mis planes eran, después de la mili, estudiar medicina y terminar a los 33 como cirujano cardiovascular. Bien podía haber entrado a las milicias universitarias y haber salido al cuartel como subteniente. No era muy hábil para los deportes (excepto para nadar, el frontón y correr). Pensé que si había dedicado 21 años a estimular la mente estudiando, me vendría bien dedicar los dos (casi) de mili a estimular el cuerpo y hacerme más fuerte, más ágil, más resistente. Por otro lado, intuí, y acerté, que esa podía ser una excelente escuela de verdadera igualdad,  sin diferencias de clase ni privilegios de ninguna índole.  Así que me alisté como soldado normal.  Fué una excelente decisión de la que no sólo NO me arrepiento sino de la que estoy agradecido por lo que aprendí y de lo que lo aprendido me ha servido en mi vida.

Hice el campamento en Araca, en los antiguos barracones.  No tenía problema de convivencia pues estaba acostumbrado, como líder universitario que había sido, a tratar con muchas personas muy diferentes.  Mi primera lección la recibí, o la dí el primer día. Haciendo las camas para la primera noche de ese invierno, descubrí que me habían robado una manta. Fuí al cabo primero, que en ese momento estaba hablando con el capitán, y le dije lo que me pasaba. Me miró con un poco de desprecio y me dijo " roba tu otra".  Le mantuve la mirada y le dije, con la mayor calma del mundo:  " no he robado nunca en mi vida, y no he venido a la mili a aprender a hacerlo".  El capitán, presente en la conversación, mantuvo un incómodo silencio por un momento y luego le ordenó al cabo que formara a todo el galerón junto a las literas y buscara mi puta manta. Recuperé la manta y dejé clara mi posición, dejando en rídiculo al cabo, que trato sin éxito de vengarse en el futuro.  Los robos, de hebillas, botones etc.era lo qu e me parecía denigrante y dejé bien claro que quien me robara algo tendría que recoger sus cojones a pedazos por el piso.  No me robaron nunca, aunque había que estar muy espabilado.   

Esos tres meses en Araca fueron mi primera escuela de igualdad.  En la compañía había desde analfabetos hasta personas que, como yo, habían completado ya una carrera y que tal vez no habían aprobado las condiciones para las MAU.  Pronto entendimos que teníamos que tener una solidaridad, y el tiempo demostró que los más "gallitos" eran en la realidad los más cobardes. Como el que me robó la famosa manta, que se desmayó en el campo de tiro disparando una ametralladora .50  en trípode y casi hace una escabechina.  Siguiendo mi propósito de fortalecerme, corría y hacía ejercicios en los ratos libres y jugaba frontón siempre que había ocasión.  Tanto "entusiasmo" despertó sospechas en los mandos y pronto pude comprobar que las cartas que enviaba y las que recibía, tenían señales de haber sido "violadas".  Imagino que pensaban que era un etarra entrenándome.  Como mi padre era buen cazador y estábamos en casa acostumbrados a las escopetas desde niño,  mi puntuación en tiro era de 9.7 y el manejo de las armas me gustaba más que a un tonto un cencerro.

Los ratos libres, con el grupo de amigos que fueron haciéndose más cercanos, íbamos el bar, donde me ganaba apuestas haciendo pulsos y otras tonterías con las que me ganaba algunas cañas gratis. Había también un cine donde veíamos alguna película al final de las tardes.  Me llevaba bien con todos y en verdad fue esa etapa una escuela de convivencia y camaradería y aprendizaje de las personas que no he tenido mejor ni siquiera en los muchos proyectos en los que me ha tocado manejar gran número de personal.

Me destinaron a San Marcial No. 7 en Burgos, mi ciudad, creo que como premio a haber sido disciplinado, pensando tal vez que con los "per nocta" y en la Plana Mayor, pasaría una mili tranquila.  Iba ya con el destino de ser cabo primero.  Un coronel del cuerpo de ingenieros, muy amigo de la familia, me había dicho que en cuanto llegara se lo hiciera saber y que él se encargaría de que mi mili fueran unas vacaciones.  No le avisé ni me comuniqué, pues ya he dicho que mi intención era sacarle el mayor provecho a la experiencia y no simplemente perder dos años de mi vida haciendo el vago, como veía a muchos de mis excompañeros de estudios y amigos.

Como dicen los chinos: " si quieres sopa, toma toda la cazuela".  El capitán Lara (no recuerdo ahora el nombre), a cargo de la Compañía Plana Mayor,  un militar de vocación y ex legionario del norte de Africa,  tenía una competencia profesional con el capitán de la COE ( de apodo "caballo loco") y la guerra del Sahara Español le dió la oportunidad de resarcirse. No sé a quién convenció de que la compañia fuera transformada en una unidad "antiguerrilla" con la posibilidad de ser útil en la refriega que se tenían en el Sahara, donde los saharauis hacían una exitosa guerra de guerrilas contra los destacamentos regulares del ejército español. Así que lo que pudiera haber sido una mili de oficinas y poca acción, se convirtió en una mili de mucha fatiga, mucho entrenamiento, mucho pista de aplicación diaria y ejecicios de tiro a cualquier hora del día o de la noche, manejo de explosivos, maniobras en las que varios batallones buscaban a nuestra compañía, convertida en una pandilla de guerrilleros que lo mismo pasábamos todo el día enterrados en los montes de Navarra, que aprendíamos a pasar ríos bajo tormentas,  hacer vivacs entre arbustos o pasar más hambre y sed que naúfragos perdidos.    No era el entrenamiento regular de los COEs, no, era MUCHO PEOR. Era como entrenar peleadores callejeros donde todo vale.  Nos recetaban a diario muchos kilómetros de correr por los montes alrededor de la ciudad,  muchas horas de tiro, esgrima de fusil, defensa personal, tácticas de guerrilla, explosivos ( perforantes, defensivos, ofensivos, demoledores de puentes, minas, trampas etc. etc etc.)  manejo de goniómetros para morteros y otras "festividades".  Mi mayor aficcion era tomar unos pedazos de tetralueno y buscar los obuses que no habían explotado para hacerlos explotar con mechas de tiempo. 

En poco tiempo, podía correr 15 kilometros campo través con el CETME y el equipo, sin que se me alterara el pulso, o pasear por la pista de aplicación como si fuera un parque infantil. Así que el capitan Lara creyó que podía hacer un buen papel en las olimpiadas militares y me apuntaron en la carrera de 10 kms campo través.  Llegué tercero, porque la noche anterior había estado de juerga,  vino, tabaco en cantidad y muchacha ( tenía per-nocta siempre y lo usaba cuando podía) y a los primeros 5 kms, me entró un dolor en el bazo que me quitó toda la energía.  Pero para Lara fue un éxito, era la primera vez que la compañía ganaba algo así en las olimpiadas militares.  De premio me apuntaron al viaje de conocer el Valle de los Caídos, el Alcazar de Toledo y otras muestras de la historia del ejército. 

El aprendizaje de la igualdad y camaradería seguía siempre igual.  Nunca nadie se metió conmigo ni me irrespetó, ni con uniforme ni sin él, pero tampoco ví que hubiera malos modos con nadie.  Todos nos cuidábamos y protegíamos y hacíamos intercambios de guardias o lo que hiciera falta para apoyar a los colegas que recibían visitas de las novias o que tuvieran cualquier necesidad de apoyo.   

Cuando terminé mi compromiso y obligación, pasé página y me sentí satisfecho de que de ese período habia aprendido muchas cosas:

1.  Aprendí mucho sobre la naturaleza humana y el caracter de las personas. El respeto que todos nos debemos y la solidaridad que te puede sacar las castañas del fuego ( o supongo que hasta salvarte la vida). Todos somos iguales, nadie es más que nadie, ni el pastor analfabeto ni el licenciado universitario.  Los cojones se dejan fuera del cuartel y en éste se adquieren unos nuevos, hechos a la misma medida para todos.  No os imaginais cómo me ha servido ese aprendizaje en la vida profesional.

2. Adquirí una disciplina espartana.  Tengo  un reloj interno que me despierta o relaja según lo necesite. He tenido que dormir por mi trabajo en sierras y selvas, apoyado en árboles o tendido en hamacas,  a veces noches enteras de viajes o sentado en aeropuertos perdidos en el culo del mundo.  Y siempre he sido el mismo, como cuando nos tocaba aguantar estoicamente horas de tormentas, frío del invierno castellano o hambre.  La mente ordena y el cuerpo obedece.

3. Perdí el miedo a todo.  El miedo a la vida, a los problemas. Aprendí a saltar sobre las dificultades como quien se topa con un río y no detiene el paso ni se pregunta si el agua estará fría.  El miedo a los demas. A veces, incluso ahora con 67 años, todavía fulmino con la mirada a cualquier malintencionado. Aprendí "mañas" con las que puedo hacer todavía mucho daño a quien quiera hacérmelo a mi.  Eso sin contar lo que puedo hacer con una Ruger de 9mm y un cargador de 17 balas.

4. Descubrí la literatura y la musica latinoamericana.  En las muchas horas de acuartelamiento ( me tocó la época difícil de los "juicios de Burgos"), o de estar escondido en los montes en pesadas maniobras de guerrillas, pude leer muchísimo, y disfrutar de la lectura, un libro en una mano y el CETME en la otra, los dos podía usarlos como arma si hacía falta.  Aprendí a leer mapas, lo que me ha servido de mucho en trabajos de selvas donde se perdería el mismísimo Tarzan.  Aprendí primeros auxilios avanzados, así que no pocas veces me ha tocado entablillar, hacer torniquetes o abrir a cuchillo más de una herida infectada para hacerla sangrar. 

5.  Pero sobre todo, aprendí a apreciar a los colegas, de muchos puntos de la geografía española. Cada uno con su carácter y sus manías, con sus virtudes y sus debilidades, pero todos con una gran nobleza que afloraba tarde o temprano, porque era el pasaporte para que todos nos lleváramos bien y salíeramos adelante juntos. Aprendí a entender y manejar seres humanos, mucho mejor que lo que aprendí luego en avanzados cursos de administración o gerenciando proyectos de envergadura.

El balance es muy positivo. Y lo defiendo cuando hace falta.  Respeto a quienes se autolesionaron para ser declarados no aptos. Respeto también a quienes pasaron esos meses haciendo nada o lo menos posible, y se jactan de su viveza para el escaqueo.  Yo creo que desaprovecharon una oportunidad, y espero que hayan tenido éxito en sus vidas, o al menos no hayan en ellas necesitado mayores habilidades para subsistir y pasar sin hacer ruido ( como "pedito de alcalde").   Si volviera a nacer, hay muchas cosas que no volvería a hacer en la vida.  Pero no me escaquearía de hacer el servicio militar. Solo que ahora, con lo que se de la vida, trataría de elegir mejor mis destinos, para sacarle el mayor provecho posible.

Si alguien coincidió con el Capitán Lara ( debe haberse jubilado de general por lo menos) o el sargento Hierro, y sabe dónde sientan sus huesos, me gustaría transmitirles mi respeto y el agradecimiento por lo que me enseñaron.  Me ha servido mucho en mi vida que, en general, ha sido bastante exitosa.

 

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Comentarios

  • El servicio militar obligatorio, nos hacía a los chavales el salir con la integridad de un hombre que se viste por los pies. De eso no hay duda.
    Conocer la diversidad de sus gentes que comparten una misma nación. Abrirse al compañerismo, el respeto, y sobre todo abrirnos los ojos a la realidad de la vida.

    Magnifico e interesantísimo relato el de José Ignacio.

    Gracias por compartirlo con todos. Un saludo.

  • Muchas gracias por su relato, bien escrito, claro y buena puesta en escena, parece largo al principio pero sigo leyendo y deseo la siguiente frase para saber más de su paso por la mili.

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